jueves, 10 de diciembre de 2015

¡Posibles curas para la vejez!

Según el doctor Felipe Sierra, director de la división de Biología del Envejecimiento del Instituto Nacional de Envejecimiento (NIA) de Estados Unidos, parte de los Institutos Nacionales de Salud (NIH), la longevidad de los que hoy tienen 50 ha mejorado pero “no tanto como se piensa. La mayor ganancia ha sido en la mortalidad infantil y no tanto en la prolongación de los años tardíos. El cuerpo se sigue envejeciendo al mismo ritmo”, dijo. Pero eso podría cambiar muy pronto, porque expertos han logrado descifrar las claves del envejecimiento y hacer más lento ese proceso en la levadura, en la mosca de la fruta y en roedores. En estos últimos han logrado aumentar su expectativa de vida hasta en un 20 %  en promedio, lo que equivale a 16 años humanos. Si esto se tradujera a las personas significaría una expectativa promedio de cerca de 100 años. Este hito se logró con una droga conocida como rapamicina, que hoy se usa para evitar el rechazo del órgano en pacientes con trasplante y parece detener el envejecimiento y el daño que dicho proceso provoca en las células. El gran reto hoy es que esa hazaña se pueda replicar en las personas. Si fuera así el mayor efecto se vería en las mujeres. Algunos expertos creen que un individuo podría llegar a vivir hasta 142 años en el futuro. 
La Gerociencia se ha vuelto una de las áreas más activas del envejecimiento, y  describe la relación entre la vejez y las enfermedades crónicas. Se basa en la teoría de que en todas las que aparecen al final de la vida, la edad es el factor de riesgo más importante. Sierra explica que, por ejemplo, el colesterol, la obesidad y la presión arterial alta comportan los riesgos más conocidos de tener problemas cardiovasculares; sin embargo, dice que “pesan menos que tener 70 años”. Los expertos se enfocan en las particularidades del envejecimiento, pues es mucho más eficiente retardar el proceso que origina las demás enfermedades que matan en la vejez, desde el cáncer hasta el alzhéimer, que buscar soluciones particulares para cada una de ellas. Investigaciones en los modelos animales han dado un claro panorama de cuáles son las marcas del envejecimiento, qué cosas lo promueven y cuáles lo inhiben. 
El diario The Wall Street Journal reportó a principios de este año el comienzo del proyecto Tame, un experimento liderado por Nir Barzilai, director del Institute for Aging Research de la escuela de medicina Albert Einstein de Nueva York. Tame busca probar la droga metformina, utilizada para tratar la diabetes II, y ver si logra posponer el inicio de las más frecuentes enfermedades crónicas como el alzhéimer y la enfermedad coronaria. Aunque el objetivo del estudio no es prolongar la vida, es posible que esto ocurra si él tiene éxito. El trabajo se hará con 100 pacientes viejos y tardará siete años. La metformina ha mostrado su posibilidad de extender la vida en ratones, pero su gran atractivo es que se ha usado durante 60 años sin efectos secundarios graves. 
La rapamicina es otra de ellas y tiene múltiples ventajas: funciona en varias especies y se le han visto efectos positivos en ratones a los que se les ha suministrado a partir de los 20 meses, el equivalente a 60 años en humanos. Cuando la rapamicina fue suministrada a ratones que desarrollan una variedad de enfermedades crónicas, el tratamiento hizo más lenta la aparición de esos males. En otros trabajos se ha visto que los ratones centenarios a los que se les ha dado esta droga son más activos que los del grupo control, lo cual indica que en principio los volvería más jóvenes. La rapamicina interrumpe la función de un gen, el mTOR, presente tanto en ratones como en seres humanos, que actúa como un semáforo que le indica a las células cómo tomar y usar la energía. Si hay comida en abundancia le da luz verde para que absorban nutrientes y crezcan, pero en épocas de vacas flacas da la orden de parar. Los expertos creen que la droga funciona como una restricción calórica, un proceso que puede postergar el envejecimiento, pero que  implicaría someterse a un régimen dietético muy estricto que raya en la hambruna, algo que pocos seres humanos hoy estarían dispuestos a hacer.

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